Trabajo

El síndrome del superhéroe

"El Ego en el trabajo: Relatos de Autosabotaje"

Melesio Contreras Márquez
Melesio Contreras Márquez
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Imagen de El síndrome del superhéroe | D0gware, Reclutamiento especializado

El síndrome del superhéroe

Una historia de orgullo y la pregunta que nunca salió

Carlos era el residente de obra que todo contratista quería tener. Llegaba antes que los albañiles, se iba después que el último camión y siempre tenía una respuesta para todo. Sus cuadrillas lo respetaban. El contratista confiaba en él. Él mismo se había construido una identidad alrededor de esa imagen: el que nunca duda, el que siempre sabe, el que no necesita preguntar.

Por eso, cuando le asignaron la supervisión del nivelado de losas del edificio Altaira -un proyecto de seis niveles con tolerancias milimétricas-, Carlos aceptó con la seguridad de quien ha hecho cien nivelaciones antes. No pidió un topógrafo de apoyo. No solicitó que otro residente revisara sus referencias. No preguntó nada.

Era su obra. Su responsabilidad. Su oportunidad de demostrar que él solo podía con lo que sea.

La primera losa salió perfecta. La segunda también. Carlos verificaba cada nivel con su propio equipo, tomaba sus propias lecturas, firmaba sus propios reportes. Trabajaba hasta tarde, pero valía la pena. Nadie podía decir que necesitaba ayuda.

En la tercera losa, algo empezó a desviarse.

Carlos notó que las lecturas no cerraban. Medía un punto, luego otro, y la diferencia era mínima -dos o tres milímetros- pero se acumulaba. Algo en su nivelación base estaba fuera, pero no lograba identificar dónde.

Apretó el tránsito. Revisó los bancos de nivel. Volvió a medir.

“Debe ser el equipo. Está descalibrado.”

Pidió prestado el nivel láser de la obra de al lado. Volvió a medir. Los números seguían sin cerrar.

Eran las 6:00 p.m. La oficina de la contratista seguía abierta. Sabía que el topógrafo jefe, don Rogelio, aún estaba ahí. Treinta años de experiencia. Podía subir en cinco minutos, revisar sus referencias y decirle dónde estaba el error.

Carlos caminó hacia las oficinas. Llegó a la puerta. Vio la luz encendida. Escuchó a don Rogelio hablando por teléfono.

“¿Y qué le voy a decir? ¿Que llevo tres días midiendo y no sé dónde está el error? ¿Que el residente que se las sabe todas necesita que un topógrafo viejo le haga el trabajo?”

Dio media vuelta.

“No. Lo resuelvo yo. Si pido ayuda ahora, se corre la voz. El contratista va a pensar que no estoy a la altura. Las cuadrillas van a perder confianza. Voy a parecer un improvisado.”

Regresó a la losa. Volvió a medir. Movió el tránsito de lugar. Volvió a medir.

Eran las 9:00 p.m. cuando decidió “ajustar” las cotas con un criterio propio. Si las lecturas no cerraban, él las haría cerrar. Un pequeño movimiento en el banco de nivel, una corrección que nadie iba a notar, y todo cuadraba.

Se fue a casa con el alivio de quien ha resuelto solo el problema.

A la semana siguiente, colocaron la losa del tercer nivel.

El colado terminó sin incidentes. Pero cuando el concreto fraguó y retiraron la cimbra, los albañiles empezaron a notarlo: la losa no estaba pareja. En el eje 4, había un desnivel de casi cuatro centímetros en un claro de seis metros.

-Ingeniero -dijo el maestro de obra, señalando con la llana-, aquí hay una giba. La regla no asienta.

Carlos se acercó con el nivel de mano. Lo puso sobre la losa. La burbuja se fue al extremo.

-Son dos centímetros -dijo Carlos, intentando minimizar-. Dentro de tolerancia.

-No son dos -respondió el maestro, con la mirada fija en él-. Son cuatro, y se ve a simple vista. Esto no se puede entregar así. El cliente va a reclamar. El contratista va a preguntar qué pasó con los niveles.

Carlos sintió que el suelo se abría.

El contratista llegó a la obra al día siguiente. Subió a la losa, caminó hasta la giba, puso su propia regla y la burbuja no dejó lugar a dudas.

-Carlos -dijo, con una voz que no era gritos sino algo peor: decepción-. ¿Cómo pasó esto? ¿Quién revisó los niveles antes del colado?

-Yo los revisé -respondió Carlos, con la voz más baja de lo habitual.

-¿Y nadie más los vio? ¿No pediste que don Rogelio te diera un segundo par de ojos? ¿No pediste apoyo?

Carlos no supo qué responder. La pregunta retumbó en su cabeza: ¿No pediste apoyo?

No. No lo había pedido. Había preferido inventar números antes que subir a la oficina de don Rogelio y decir las palabras que su ego le impedía pronunciar: “No estoy seguro de mis niveles. ¿Me puedes ayudar?”

El contratista suspiró, sacó el celular y llamó a don Rogelio para que viniera a corregir las referencias y calcular las compensaciones. La solución llegaría en una hora. Pero el costo ya estaba pagado: una losa con desnivel, retrasos en los acabados, materiales desperdiciados, y la certeza de que la confianza que había construido con tanto esfuerzo ahora tenía una grieta visible.

Esa tarde, Carlos se quedó solo en la obra. Las cuadrillas se habían ido. Don Rogelio ya había dejado sus nuevas referencias. Él seguía allí, mirando la losa imperfecta, como un espejo de lo que había pasado dentro de él.

Don Rogelio apareció con su termo de café y se sentó a su lado sin pedir permiso.

-¿Sabes cuándo empecé a ser buen topógrafo? -preguntó don Rogelio, sirviéndose un café.

Carlos negó con la cabeza.

-El día que entendí que pedir que otro revisara mis niveles no me hacía menos topógrafo. Me hacía menos pendejo. Porque el error que no ves tú, lo ve el que viene después. Y si no preguntas antes, el error se queda para siempre. Como esta losa.

Carlos guardó silencio. Don Rogelio tomó un sorbo de café y continuó.

-Tú querías demostrar que podías solo. Y resulta que sí podías, pero mal. La pregunta no es si puedes solo. La pregunta es para qué quieres hacerlo solo. ¿Para que nadie diga que no sabes? ¿O para que la obra salga bien?

Carlos se quedó mirando la losa. El héroe solitario, se dio cuenta, no era el que hacía todo sin ayuda. Era el que prefería un error propio antes que admitir que otro podía ayudarlo a evitarlo.

-La próxima vez -dijo Carlos, con la voz rota-, voy a subir a pedirle que revise mis niveles antes de colar. Aunque me cueste.

-Ahí está -dijo don Rogelio, levantando su termo como si brindara-. Eso es ser profesional. Saber que pedir ayuda no es debilidad. Es asegurarse de que el error no se quede para siempre en la losa.

¿Qué podemos aprender?

  • El ego te convence de que pedir ayuda es admitir derrota: Carlos no pidió ayuda porque su ego le susurraba que hacerlo destruiría su imagen de “residente que todo lo sabe”. Pero la verdadera derrota no fue pedir ayuda, fue cometer un error evitable que quedó grabado en concreto.
  • El síndrome del “yo solo” no es fortaleza, es aislamiento: La fortaleza real está en saber que no necesitas tener todas las respuestas. Necesitas saber a quién preguntar. Un profesional maduro construye una red de personas a las que puede recurrir sin que su ego se resienta.
  • Un error que se pudo evitar con una pregunta no es un error técnico, es un error de orgullo: Carlos falló en niveles, pero su fallo más grave fue psicológico. Prefirió manipular números antes que decir “no estoy seguro”. El costo de esa decisión fue una losa defectuosa y confianza perdida.
  • Preguntar no te hace menos ingeniero, te hace más confiable: El equipo no respeta al que nunca pregunta. Respeta al que sabe reconocer sus límites y busca asegurar el resultado por encima de su imagen.
  • La próxima vez que estés atascado y sientas que preguntar te debilita, pregúntate: ¿Prefiero parecer débil ahora o explicar un error después?

Conclusiones sobre no pedir ayuda y caer en el síndrome del “yo solo”:

¿Cómo se manifiesta? Prefieres ahogarte en trabajo, cometer errores o retrasar una entrega antes que admitir que no sabes algo o que necesitas una mano. Tu ego te susurra: “Si pido ayuda, pareceré incompetente”.

El problema: Pones en riesgo los proyectos, te quemas por el exceso de trabajo y no aprovechas el conocimiento colectivo del equipo. A largo plazo, es más perjudicial que pedir ayuda.

Melesio Contreras Márquez
Melesio Contreras Márquez

"La prioridad es el proyecto, no tu ego."

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